The Flipped Classroom (aula invertida):

La Innovación educativa – What is the Flipped Classroom | The Flipped Classroom.

Un modelo educativo inclusivo que permite la atención a la diversidad y el aprendizaje colaborativo en el aula, además de contemplar los tres ámbitos de desarrollo del alumno: familia, escuela y comunidad.

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Familia – Escuela – Comunidad: puntales en la educación

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La nuclearización de la familia, la falta de tiempo de los padres, pero sobre todo la falta de referentes a la hora de educar a los hijos/as, están dando como resultado una división entre la labor educativa de la escuela y la de los padres, que desemboca en incomprensión mutua y desprestigio de una institución hacia la otra. Las consecuencias son claras: niños con problemas de conducta, diagnóstico de múltiples trastornos en edades cada vez más tempranas y niveles de absentismo y fracaso escolar cada vez más elevados.

La falta de valores (tanto personales como sociales) de la sociedad postindustrial ha derivado en una incapacidad de algunos padres para educar a sus hijos e hijas para la convivencia en la propia comunidad y para la mejora de la sociedad en la que han de desarrollarse.

Los cambios económicos y sociales de las últimas décadas han tenido importantes repercusiones en la institución familiar. Se trata de familias reducidas, que contrastan con la imagen tradicional de la familia extensa a la que estábamos acostumbrados y que, a modo de tribu, acompañaba a los padres y madres en la crianza de sus hijos e hijas. Los padres y madres acumulan hoy una gran carga de responsabilidades sin apoyo, sin referentes y, lo que es más importante, sin tiempo.

De todos es sabido que las familias desempeñan un papel primordial en la educación de sus hijos e hijas, ya sea por acción o por omisión. En el curso de la socialización familiar, los niños interiorizan conocimientos y desarrollan valores y actitudes ante la vida. Los comportamientos de los adultos, sus gestos y actitudes, son observados e imitados. Los padres y las madres transmiten también buena parte de la información que los niños y niñas necesitan para desarrollarse en el mundo. De igual manera, la escuela y la comunidad al completo actúan como transmisores no sólo de conocimientos, sino también de valores que permitirán que se desarrollen correctamente. Familia, escuela y sociedad deberán trabajar en la misma dirección y formar un equipo educativo que acompañe en la crianza de los niños y las niñas que constituirán la sociedad de mañana.

Sin embargo, en muchas ocasiones, los padres y las madres se sienten solos ante sus responsabilidades educativas y están desbordados por la complejidad de las situaciones. Debemos recuperar un discurso educativo optimista y alegre que permita a las familias educar a los niños y las niñas que constituirán la sociedad del futuro, acompañándolos en su día a día.

Es deber de la propia sociedad recuperar el diálogo entre los agentes educativos de manera que se fortalezcan los lazos afectivos entre padres, hijos, escuela y comunidad, de modo que recuperemos la tradicional frase “para educar un niño hace falta toda una tribu”, puesto que es la tribu al completo la responsable de su educación.

La educación sólo es posible cuando es un proyecto compartido. La tarea de educar, de ayudar a crecer, a madurar, es tan ingente que la familia sola no puede abarcar todos los ámbitos de crecimiento de sus hijos e hijas. Si bien el protagonista siempre será la propia persona, nadie lo consigue por sí solo, porque para educar un niño se necesita toda una tribu.

Habitualmente se suele enfocar la problemática infantil hacia contextos desfavorecidos, de algún modo por todos reconocidos o de riesgo evidente, es decir ligados a situaciones ya problemáticas debidas a factores familiares y contextuales (desestructuración familiar, bajo nivel educativo, maltrato, pobreza, discapacidad, inmigración, fracaso escolar, adicción, etc.), actuando desde una perspectiva paliativa, mediante intervenciones selectivas, cuando la situación ha llegado a conocimiento de los Servicios Sociales Básicos a través de los agentes educativos (básicamente la escuela). En cambio, por mi experiencia trabajando con grupos de padres y madres en diferentes, he observado que cada vez son más las familias que, aún no incluyéndose en ningún grupo de riesgo (estructuradas, algunas de clase alta o media-alta, sin adicciones ni discapacidades, autóctonas, etc.), ya en los primeros años de escolarización se les podría considerar, si no en situación de riesgo, sí en situación de vulnerabilidad sencillamente por la falta de habilidades parentales de los padres. Se trata de familias (algunas muy jóvenes, pero no necesariamente) que no han tenido modelos adecuados en cuanto a la p/maternidad y que no son capaces de desarrollar modelos adecuados para sus hijos/as. Se trata de niños/as que acaban la escolaridad en el borde del fracaso escolar (si no directamente en él), que no disponen de las habilidades sociales adecuadas para un correcto desarrollo (sencillamente porque sus padres carecen de ellas), sin llegar a ser casos de Servicios Sociales hasta que se producen situaciones extremas.

Una buena parte de los problemas de la adolescencia comienza y se cronifica en la infancia. Así como una buena proporción de problemas en la vida adulta tiene su inicio en cambios drásticos acaecidos durante la adolescencia. Así pues, la necesidad de intervención temprana parece obvia. Aunque los programas de intervención familiar han partido de su función de abordaje de situaciones de riesgo o desamparo, cabe pensar que sería enormemente rentable aplicar programas similares pero desde un enfoque preventivo. Se trataría, pues, de actuar desde la prevención primaria, mediante una intervención universal que incluya toda la población de menores sin que medie ningún criterio de selección, trabajando con los padres ya desde los primeros años de la crianza, mediante múltiples acciones paralelas, en las que las intervenciones escolares, familiares, sanitarias, de servicios sociales e incluso mediáticas jueguen un papel coordinado, implicando a la mayor parte posible de agentes sociales.

Autores como Bartau, Etxeberría y Maganto (2001), Comellas (2009) o Marina (2010), entre otros, recogen algunos de los factores que justifican este tipo de intervención socioeducativa:

  • El deseo de padres y madres de desarrollar adecuadamente su papel, que debe ser revisado y adaptado a las nuevas circunstancias.
  • Los cambios sociales que han llevado a la nuclearización de la familia, el desgaste de la comunidad, la diferenciación y especialización de roles, la dispersión geográfica de las generaciones familiares y el trabajo fuera del hogar.
  • Las relaciones entre paternidad/maternidad y la educación de los hijos, no dependen exclusivamente de los padres y las madres, sino que forman parte de un sistema de relaciones internas y externas con el entorno. La educación debe ser considerada dentro del marco de las relaciones familia-escuela-comunidad.
  • Necesidad de crear un sentimiento mutuo de pertenencia entre familia, escuela y comunidad.
  • La necesidad que tiene el niño y la niña de sentir una misma voz a su alrededor que, desde diferentes ámbitos, le inculque los valores, los estímulos y las capacidades necesarios para conquistar el mundo.
  • Necesidad de la escuela de compartir su proyecto educativo con las familias y la comunidad y hacerlo coherente con el proyecto educativo familiar, creando así un proyecto educativo global.
  • La sociedad actual requiere una revisión de los valores que la constituyen con el fin de favorecer la convivencia, la solidaridad y el respeto en la diversidad y la diferencia.

Aunque los programas de intervención familiar han partido de su función de abordaje de situaciones de riesgo o desamparo, cabe pensar que sería enormemente rentable aplicar programas similares pero desde un enfoque preventivo.

Es importante destacar que los Servicios Sociales, además de su misión de intervención en los casos donde existen necesidades sociales al descubierto, han asumido el papel de coordinación de actuaciones en estos temas y, por tanto, en el caso de la protección infantil, la coordinación de actuaciones con el sistema de enseñanza o con el sistema sanitario son esenciales.

Sin embargo, la plataforma de actuación que supone la escuela no debería desaprovecharse para llevar a cabo este tipo de iniciativas preventivas, desde la óptica de la educación social y con un enfoque preventivo.

La intervención a nivel familiar en el campo de la prevención se justifica por el papel crucial que desempeñan los padres en la formación de la personalidad y adquisición de hábitos de los hijos. Por lo que damos por sentado que para promover los factores de protección es necesaria la intervención con las familias. Espada y Méndez (2002) plantean las siguientes hipótesis:

  • Si los padres cuentan con información sobre el desarrollo infanto-juvenil, estarán más capacitados para entender las conductas de sus hijos, sintiéndose y haciéndose sentir más cercanos a ellos.
  • Si los padres disponen de información sobre los comportamientos de riesgo estarán mejor preparados para atender las demandas de los hijos y para detectar situaciones de riesgo.
  • Si los padres adoptan en su estilo de vida comportamientos saludables, entonces ejercerán como modelos adecuados, haciendo más improbable la adopción de conductas de riesgo.
  • Si los padres ponen en práctica estilos comunicativos que posibiliten la relación abierta y sincera con sus hijos, disminuyen el riesgo y refuerzan la red de apoyo social de sus hijos.
  • Si los padres potencian en sus hijos la habilidad para resolver problemas, asumir responsabilidades, afrontar el estrés y autoafirmarse, estarán reforzando los factores de protección para muchas de las principales situaciones de riesgo en la infancia y adolescencia.

 

 

BIBLIOGRAFÍA: